Balada Porteña para un Ciclista Acorralado

18 de septiembre 2011 Fernando Rinaldi
 

Sin cuartel

La última vez que conversé con mi tío ciclista antes que se vaya a pedalear al Tour Celeste, recuerdo que me recitó un rosario de puteadas por el crecimiento de las autopistas de Buenos Aires mientras el resto de la familia lo escuchaba indiferente. Yo andaba lejos de la bici y cerca de los vicios, pero encontrarme con él siempre removía la vieja pasión de los piñones mezclada con noches de éxtasis en los seis días del Luna Park. Promediaba la obscena década de los 90, y mientras la Panamericana y la Gaona se engordaban en carriles parodiando el progreso, Enrique masticaba bronca y tristeza. “No podemos andar más por donde andábamos cuando vos eras pibe…ahora me junto con algunos veteranos y damos vueltas por el hipódromo de San Isidro…” me dijo. Inmediatamente imaginé a su pelotón acorralado por el tránsito, con la moral intacta, con una confianza enorme en sus bicicletas hechas del mismo acero que el de las espadas. Resistiendo.

El camino es para todo y para todos

Quince años después de esa conversación sigue siendo difícíl encontrar por Buenos Aires escenarios amables para pedalear con bicicleta rutera a una cadencia ambiciosa. La maraña de autopistas que se desarollan al oeste y al norte de la ciudad han colocado a las y los ciclistas porteños frente al dilema del prisionero. O elijen avanzar zigzaguiantes por las colectoras llenas de lomas para burros al volante o se someten a ley de los automotores y a su zumbido constante y ensordecedor (bien se puede llegar a Luján con las piernas frescas y la cabeza agotada de tanto escuchar el zzzzrrmmm, zzzzrrmmm de los autos pasando). En las autopistas del suroeste directamente no hay colectoras ni dilemas para las y los ciclistas y solo queda rodar por el asfalto principal; mientras que en las del sur no existen ni pueden existir los seres con pedales hasta el empalme con la ruta dos.

Al infinito sin autopistas

Sin embargo, las dificultades no terminan en las infraestructuras. Por ejemplo, en Gaona son constantes los roces con la Gendarmería, que llegaron a involucrar inclusive al olímpico Walter Perez. Es que muchos de los gestionadores del tránsito mantienen una extrema mudez hacia los francotiradores de la velocidad que habitan los carriles o frente los infames que avanzan sobre la banquina; aunque no pierdan oportunidad para pontificar sobre la supuesta peligrosidad de las bicicletas. Como cazadores en el zoológico, se vuelven impiadosos con los conejos enjaulados y temerosos de los leones libres.

Pelotón

Algunas personas que se creen dueños de lo público argumentan que las bicicletas deben irse de las autopistas por que no pagan peaje; como si los subsidios que reciben los concesionarios fueran un dinero aportado solo por los conductores y no por fondos provenientes de las rentas generales. Otros, dicen que estas hijas de la era ruin de las privatizaciones y la enajenación del patrimonio nacional son necesarias, que cómo se podría mover la gente sino estuvieran y que las bicicletas deben resignarse a esta realidad e irse a los bordes de todos los lados. Parece asistirlos una razón que aún no podemos refutar cabalmente para Buenos Aires, pero por suerte ya sabemos que al menos estas infraestructuras no son inevitables. Por ejemplo en Seúl un intendente de nombre impronunciable, se tomó el trabajo de desmontar una autopista de seis carriles de ida y vuelta, recuperar un río soterrado, y demostrar que nada colapsaría si se diversifican las formas de transporte (aquellos que creen que las autopistas mejoran el tránsito les recomendamos leer sobre la paradoja de Braessus, que trataremos en otro post).

Marillar

Aún así nada desanima a ciclistas adictos al camino. Ellos confabulan horarios de encuentros para hacerse fuertes en grupos, tal como venimos haciendo desde que salimos de la selva verde para entrar en la de cemento. Es que los pelotones de las autopistas, primos lejanos y veloces de la Masa Crítica, demandan su espacio pedaleando constantes, en una puja tan sin cuartel como desigual.

Pero no se trata de queja ni de melancolías; al fin y al cabo tod@s los que rodamos estamos dispuestos, como mínimo, a tolerar algún nivel de tensión amigable con el tránsito. Además la ciudad, que es más vasta que nuestras tristezas y nuestras impotencias, aún ofrece algunos sitios posibles para salir a rodar con alguna que otra pendiente leve y pampeana. Allí los ciclistas, como obstinados colonos, construyen al rodar espacios de encuentro y ofrecen gratis un colorido espectáculo de remeras a una metrópoli que aún se hace la indiferente.

Un día de victoria en la nueve de julio

PS. Muy pronto, a modo de homenaje, publicaremos noticias sobre los lugares porteños por donde ruedan las bicicletas ruteras.

PS II Un poema de Charles Bukowski sobre las autopistas haciendo click.

2 comentarios

  • Patricia dice:

    Maravillosas fotos

  • Juan Martín dice:

    Como siempre excelente! Muy cierto lo de las concesiones de las autopistas y el tener que moverse en “Masa” para poder imponer el “respeto ciclístico!”.

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