Por qué volvimos a participar de Masa Crítica y los que tocan bocina un domingo a la tarde

3 de mayo 2010 Fernando Rinaldi
 

Hay pocas cosas que nos distraigan de dormir nuestra ancestral y norteña siesta los domingos. Si bien la pedaleada dominguera es también un ritual de libertad, solemos consumarlo por la tarde, sobre todo en verano; y volver a la casa con las primeras estrellas. Si salimos todo el día, con picnic de salchichas y palitos, más probablemente en invierno y otoño; el lugar donde vamos a dormir la siesta entre árboles de reserva o aviones del río, se presenta como el principal requisito de la jornada. Si bien el shalakito se la banca, tampoco tiene que correr el Tour de France con nosotros y por cierto dormir es un placer, sensual, genial…  

Pero con Masa Crítica es distinto. La primera vez que vi algo sobre Masa Crítica a nivel mundial, fue en los surfeos (surfear ya no se usa mas ¿no es cierto?) en la red buscando cosas sobre las bicis y la cultura de las bicis. Me pareció interesante el movimiento, su sesgo autogestionado, plural y horizontal; para que más si solo se trata de pedalear y manifestarse. El planteo es muy sencillo: muchos ciclistas, los mayor cantidad de muchos; reunidos a una hora, en un día; saliendo a pedalear y festejar; una “coincidencia no organizada” como le dicen. No se respiran mayores consignas que la de la acción colectiva asociada a una visión, quizás un poco utopístiquera; pero altamente inspiradora sobra la movilidad urbana, los espacios públicos, la crisis del petróleo y la libertad de rodar. Y con una filosofía de la convivencia en la ciudad basada en una consiga de gran radicalidad y eficacia: “No entorpecemos el tráfico, somos el tráfico”.

Me enteré de que la Masa Crítica se estaba realizando en Buenos Aires por un volante pegado en el circuito KDT un sábado de sol y pelotón. Me entusiasmó mucho la llegada de la “Masa” a estas costas ribereñas, pero entre lluvias, compromisos y vaya a saber que otras necedades, nunca pudimos participar hasta la reunión de marzo de 2010. Esa vez, como la de este primer domingo de mayo, fuimos solos con Shalakito porque la flaca no pudo participar. Pocos niños, muy pocos, bicis de todos los tipos, tamaños y colores; y muchos jóvenes críticos. En suma, más de trescientos participantes y un clima de diversión expresiva que incluyó sin más invitación a los pibitos presentes. El recorrido fue decidido minutos antes de largar y mi niñito, que por lo general suele tocar las fibras sensibles de la gran participación, especialmente de la femenina; aplaudía y tocaba su cornetita al ritmo de las consignas y los aplausos. Frente a los bocinazos apurados de los coches, respondía junto al resto de los pedaleantes con ese grito gutural, originario y esencialmente alegre con el que los pedalistas masacríticos intentan detener la ansiedad de los domingueros angustiados y motorizados (Golpe bajo del autor: los automovilistas no tocan con esa intensidad la bocina cuando hay algún choque. Esperan y curiosean…)

En esa reunión de marzo asistí a una suerte de asamblea a dos ruedas donde se decidía, mientras andábamos, si cortar toda la avenida Córdoba o dejar un carril abierto. Mi timidez vestida de cercanía a los cuarenta me impidió participar, pero íntimamente esperaba que dejaran un carril. Los más jóvenes, que suelen tener razón cuando son audaces, decidieron lo contrario. La experiencia ahora me indica que los conductores se ponen fóbicos y aceleran con obvios riesgos para la seguridad de todos. Comprender que esa resolución era lo mejor para el grupo, no me dejó pensando en mi adultez, sino en la lógica del evento; sin culpas.

Hoy, domingo de mayo, Shalakito se la bancó completa. Del Obelisco a la Boca, nos reímos, aplaudimos; el pibe recibió presumido los siempre bienvenidos halagos de las chicas y los domingueros de los autos sufrieron un poquito, aunque no tanto. En vez de andar a 30 km/h, anduvieron, en algunos tramitos de la ciudad, a 12 o 15 km/h; lo que es casi tan o más rápido que en la Panamericana a esa hora. El pelotón siempre reconoció la paciencia de los conductores con un “gracias por esperar”.  Sin embargo, hubo uno, según las mentas a bordo de un tuneado Falcon Verde, que le lanzo gas pimienta a uno de los participantes quinceañeros. Todo un gesto de valentía de parte del automovilista, quizás inspirado por el modelo y el color de su automóvil. Pero, pese a esta situación típica de la generación de adrenalina berreta al volante y, sin dejar de reivindicar al joven masacritico; el evento fue muy divertido, singular y altamente recomendable para ir a pedalear y manifestar con los chicos. Para nuestro juicio, toda una definición de lo vivido.

PD: Esta experiencia me hace pensar en el apartheid y las bicisendas…mmm.

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