Biciescuela para Adult@s

… O de Cómo Hacer que El Andar Suceda.

Muchos mensajes llegaron al blog preguntando si conocíamos, sí sabíamos, si teníamos alguna idea remota de algo o alguien que enseñara a andar en bici a personas que por todo los motivos posibles en este universo no lo lograron en la infancia.

Los mensajes eran conmovedores porque conmovían toda nuestra idea de cambiar el mundo en, con y desde la bicicleta. Si realmente la bici es un vehículo de transformación de la humanidad contemporánea, de emancipación y lucha contra la violencia vial tal como pensamos ¿qué hacer con los que no aprendieron? ¿qué lugar ocupan en nuestro pago bicicletista? ¿será que no saber andar puede ser usado como un estigma por ciclistas enfervorizados y energúmenos? O mejor ¿puede alguien decirse biciactivista y no generar un espacio para aquellos que no saben andar y quieren hacerlo?

La otra conmoción que nos producían estos mensajes se relacionaba con la labor de aprender. Acostumbrados a pensar que todo saber se legitima no por el saber mismo sino por la institución que se apodera de ese saber, nos frenaba un poco el hecho de no tener una manual ni hacer una academia para enseñar a pedalear.

Investigando, encontramos un maravilloso texto de una educadora y militante norteamericana por la igualdad llamada Frances Willard (1839-1898), que en 1895 escribió el libro “Una rueda dentro de otra rueda. Cómo aprendí a andar en bicicleta”. En él, relata las peripecias que tuvo que atravesar para aprender a pedalear con cincuenta y tres años y encima, en el final del siglo XIX. Willard sostenía que el sencillo hecho de que las mujeres  resultaran tan aptas para pedalear como cualquier varón, era una demostración práctica, clara e indiscutible de la igualdad entre los géneros. Extraña conexión pensamos, casi todos los mensajes que nos habían llegado provenían de mujeres y de hecho han sido mujeres de todas las edades y en una abrumadora mayoría (ocho de cada diez) las que participaron de los encuentros. Pareciera que ellas no sólo están más dispuestas a superar las zoncera de los pudores o los preconceptos, sino que como a finales del siglo XIX y principios del XX, ellas siguen encontrando en la bicicleta un vehículo de libertad.

Enlazados con la Willard -nosotros no teníamos certificado de instructor y las mujeres no votaban cuando ella escribió su libro- desformateamos nuestras cabezas y aprendimos que solo podíamos saber el cómo enseñar si respondíamos el cuándo hacerlo.

Si algo aprendimos en los encuentros es que para andar en bicicleta no hay que tener equilibrio. Si, está bien escrito, no hace falta tenerlo; el equilibrio es una consecuencia de pedalear; es algo que hay que construir más que poseer. Es que, aunque parezca de perogrullo, lo único necesario para andar en bici es hacerla andar, hacerla avanzar. Lograr fuerza e inercia con los pedales para que la bici vaya pa´lante y ahí sí, producir el tan mentado equilibrio. Si no hay propulsión, si no hay empuje, tanto el aspirante como el ciclista más mentado terminarán en los brazos de la madre tierra, o dicho más llanamente, en el piso.

La clave es persistir y estar preparados para tener una nueva sensación de movilidad. En esto, los trenes, los autos y los aviones nos han ofrecido la muy engañosa idea de que el único empuje es pasivo, donde no tenemos que hacer nada para lograr transportarnos. La bici nos demanda que nosotros pongamos la energía y que al pedalear sintamos cada círculo de empuje. Pero esa demanda se ve muy compensada, lograr andar es una experiencia notable y es lo más cerca que una persona puede estar de volar sin el concurso de alas y motores.

Lo más sorprendente de la experiencia es que nosotros creíamos que íbamos a enseñar y terminamos aprendiendo miles de cosas sobre la bicicleta que aún en nuestra noche más soberbia de creernos l@s ciclistas consumados ni siquiera llegábamos a la sombra de saber. Es que nadie sabe lo que sabe hasta que lo transmite a otr@s y por eso el erudito es un solitario. Sabe que sabe pero solo él lo sabe. Ahora, sin dudas, pocas cosas son tan emocionantes como acompañar a quien hasta hace poco era un perfecto desconocido en lograr algo tan pospuesto y verlo sonreír como si tuviera seis o siete años al iniciar sus primeras e imborrables pedaleadas.

Esto ha sido nuestro orgullo, nuestro privilegio y por qué no decirlo, nuestro combustible que a diferencia del petróleo, esperamos sea inagotable.

Compartimos algunos relatos de las experiencias.