Un ciclista urbano en La Etapa

¿Qué lazos unen a los ciclistas urbanos con los del pelotón? ¿Donde están los caminos por donde se cruzan? ¿Cuàles sus motivos para enfrentar el viento y las cuestas? En esta nota te contamos nuestras experiencias y reflexiones luego de haber participado en La Etapa 2014 como uno más del pelotón.
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Reconociendo el camino…

En qué momento un ciclista urbano, como se define este cronista, decide largar una carrera como La Etapa es algo difícil de situar. Si bien corrí de pibe con una pisterita construida por Enrique Alí; mi experiencia y mi pasión ciclista está relacionada con lo que la bicicleta puede hacer para mejorar nuestras ciudades. No solo es mi principal forma de transporte cotidiano y una experiencia compartida en familia; sino que también representa un fuerte posicionamiento político sobre qué medioambiente urbano queremos y sobre cómo enfrentar la violencia vial de todos los días. Por eso, entre otras actividades, formamos la Red de Ciclistas Urbanos que está congregando a ciclistas de todos los estilos con el objetivo de lograr ciudades más pedaleables, menos contaminadas y socialmente más justas. Pero esto ya es harina de otro costal, o para decirlo mejor, es un puerto de otra montaña…

La Etapa, con su exigente recorrido y el sello del Tour de France, parecía ser el desafío correcto para salir de las rutinas y saciar cierta curiosidad biciperiodística por saber -o al menos tener una remota idea- de cómo es enfrentar un puerto de montaña en situación de competencia y dejar de imaginar tan épica situación sentado en el sillón de casa con el control remoto de gregario. También me motivaba mezclar géneros ciclistas, encontrar puntos comunes para vivir la bici en todas sus formas. ¿Que enlaza a un ciclista profesional con uno que recorre la ciudad? El pedaleo urbano ¿se parece al ciclismo de ruta, al mountain o al de pista?

Curvas

Curvas

Siempre tuve la impresión de que los ciclistas de la ciudad comparten más cosas con los contrarelojistas que con los sprinters o los escaladores. Sin que las pedaleadas sean tan perfectas como las de Anquetil, muchas y muchos ciclistas urbanos desarrollan una cadencia rítmica y elegante, como la de Monsieur Crono, que les permite  llegar a horario sin sombra de esfuerzo. Y aunque no nos desvele mucho conseguir la mayor eficiencia aerodinámica sobre la máquina, inclusive muchos se jacten de disfrutar erguidos y desafiantes el viento en la cara; tenemos en común con los contrarelojistas el hecho de estar enfrascados en una imposible batalla contra el dios Cronos. Batalla que ambos ciclistas damos en una conmovedora soledad, obligados por la prueba los unos; pudorosos y desconfiados los otros.

Pero, más allá de estas cavilaciones, lo que resultaba obvio es que con una semana de 60 o 70 km. de rodada urbana y los 70 promedio de la salida dominguera -siempre y cuando haya buen clima- no alcanzaba ni para presentarse en la largada y comprar los souvenirs. Había que plantearse aumentar el kilometraje, hacer entrenamientos específicos y principalmente salir de la zona de confort por la que venía pedaleando, con mucho placer por cierto. Además comprarle unas ruedas nuevas a la rutera y hacerla intervenir por el gurú y mecánico Santiago Oliver, pedirle a la familia un poco de acompañamiento y aunque parezca paradójico, hacer una bicicleta para pagar todos los gastos.

Preparados...

Preparados…

Aunque confieso que más de una noche de invierno apelé al calor del gimnasio y al spinning, lo primero que hice para sumar kilómetros fue incorporar la rutera a los viajes al yugo para después ir a entrenar. Entrar a la oficina con el rítmico “clip-clap” de las calas de las zapatillas golpeando contra el suelo despertaba entre los compañeros chistes como “eh, ahora te dedicas a bailar tap” y preguntas del tipoasí trabado, ¿no te caes de la bici?”. Pero, como la paciencia es hija de la insistencia, pronto la extrañeza, se convirtió en curiosidad y sin que dijera nada, comenzaron a preguntarme cosas como “hoy toca fondo¿no?¿cuántos km. llevás?”. Inclusive algunos empezaron a cuestionar mi dieta, con reproches directos como “¿por qué no bajas la panza en vez de gastarte una fortunas en ruedas más livianas?”. Semejantes afirmaciones, de un sentido común irreprochable, no solo hicieron vanas mis explicaciones técnicas sobre la ruedas que quería comprar, sino que tuvieron como efecto alejarme de manera inmediata de la crema pastelera y otros manjares; al menos hasta terminar la carrera…

Por las sierras

Llegué a Carlos Paz un poco lejos de un estado físico óptimo, pero mucho más lejos de mi estado inicial. Le había ganado unos puntos al cinturón y tenía todo por dar y nada que perder. El día previo, en la fila para retirar los dorsales ya en el Village de la carrera, los corredores más baqueanos compartían precisas recomendaciones sobre como tomar  las curvas y las pendientes, agregándoles a los relatos un intencionado vértigo, como para asustar un poco a los recién llegados. El concierto de las distintas tonadas del país, sumadas al portugués de unos y al inglés de otros, le daba al evento la dimensión de un gran encuentro en el que la gramática común eran los pedales y los piñones. También compartido era el interrogante sobre la inminente lluvia ¿caerá? ¿será muy fuerte? ¿cómo enfrentarla?

Carrera suspendida

Carrera suspendida

Una de las leyes de muchos ciclistas urbanos es tratar de no salir con tormentas o lluvias fuertes. Todo es más resbaloso y la visibilidad, factor crítico para la seguridad ciclista, se reduce. Pero, los profesionales no son ciclistas urbanos. El hambre de noticias de la televisión y de los diarios no cesa ni por el sol, ni por la lluvia y, preso de la vorágine, el pelotón tiene que salir igual. Al fin y al cabo el Tour lo inventó Desgranges para vender más diarios.

Casi cómo profesionales, nos presentamos con mi amigo Pablo a la hora señalada, para cumplir con nuestra parte del drama. El público, los equipos y corredores, se protegían de la intensa lluvia bajo las carpas de los auspiciantes trajinando cientos de especulaciones. Que en el cerro Copina va a hacer mucho frío, que con esta lluvia el problema es la bajada, que no se va a ver nada. Un hombre con un tono del norte cordobés y un rostro de miles de kilómetros me miró de arriba abajo y descubrió mi incipiente tiritar de frìo, producto de la mojadura. Quizás de puro compasivo me dijo con alegría resignada, “así es querido, el ciclismo siempre es sacrificio, alguna vez uno cree que no, pero al final siempre es sacrificio”. Pensé en Gino Bartali, quizás mi único ídolo deportivo. El solía festejar las condiciones meteorológicas más horribles porque su escenario preferido era el de la dificultad. Nos animamos con Pablo pensando en el eterno campeón, pero después de más de una hora de espera, la organización tomó la desición correcta en términos de seguridad y suspendió la largada. Querido Gino, seguiremos siendo tus admiradores, pero no será este día donde nos convirtamos en tus discípulos…

Largada

Largada

El domingo fue un día óptimo para largar, aunque el recorrido tuvo que ser acortado por la anegación de un río. Igual, 112 km y dos puertos de montaña no eran para nada despreciables. La largada de cualquier carrera ciclista es un momento muy indiscreto. Uno es relojeado de manera impune, te miran la bici, las piernas, la ropa, en busca de algún defecto que te denuncie o incomode. Frente a esto, lo mejor es también relojear, y aunque uno descubra que la bici de al lado vale casi lo mismo que medio año de tu salario, la clave es  apechugar y confiar en las propias piernas y el corazón. También es cierto, hay ciclistas que cultivan el comentario cómplice y divertido, como para apaciguar la adrenalina y a ellos va este sencillo reconocimiento.

La carrera se presentó más o menos como me lo había imaginado. Aguante la primera parte en un pelotón y cuando las subidas se empezaron a poner duras, quede corriendo como un verdadero isolé, tal como se les decía a los ciclistas solitarios en los inicios de la Grande Boucle. Pero no voy yo a hacer una crónica de la carrera cuando Ciclismo XXI tiene a los mejores periodistas de ciclismo deportivo del país. Solo diré que disfrute del intenso esfuerzo en las trepadas, de los chistes sufridos que intercambiamos con otros ciclistas para darnos aliento y de la vertiginosa libertad que sucede en las bajadas. Lo que más voy a recordar es el sonido de platos, ruedas y cadenas, imponiéndose como banda sonora exclusiva, lejos del rugir de los motores. Es que como dijo un amigo, pedalear con las rutas cerradas ya paga buena parte de todos los sacrificios.

A subir...

A subir…

Los últimos kilómetros del esfuerzo -no puedo decir carrera- tuvieron algo de místico, de revelación. Todas las especulaciónes, todo miedo y cavilación desapareció y quede solo, reventado pero feliz, respirando la vida a vaya saber uno a cuantas pulsaciones. Después de recibir la medalla de finisher, empecé a sentir un gustito a poco y a me pregunté cómo hubiera sido correr las dos etapas programadas, qué hubiera pasado, qué habría sentido. No importa ahora. Sentado y comiendo la pasta de la llegada, termine de entender por qué el Tour y las grandes Vueltas gustan y me gustan tanto; es que ellas son una de las mejores metáforas de la vida que el deporte puede ofrecer. Ya sea subiendo o bajando, se trata rodar con mucha firmeza, con mucha convicción, pero también con mucha  humildad, eso sí, sin dejar nunca, pero nunca, de pedalear.

* Una versión de esta nota la publicamos en el número de noviembre de 2014 en la revista Ciclismo XXI– ¡Gracias Pablo Echevarría por las fotos! 

La otra llegada.

La otra llegada.

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